En un mundo cada vez más incierto y cambiante, se hace urgente repensar nuestras estructuras sociales y éticas. Fructuoso de Castro reflexiona sobre cómo la fragilidad de los sistemas, económicos, sociales, políticos y de valores, se entrelaza con un entorno global complejo, y plantea la necesidad de recuperar la educación en valores, fortalecer las instituciones y reconstruir los vínculos sociales.
En los años 80 aparece el acrónimo VUCA (Volatidad, Incertidumbre, Complejidad y Ambigüedad) para describir el entorno pos-guerra fría. Es un entorno caracterizado por la ansiedad, la inestabilidad y el miedo ante el futuro, por la sensación de impotencia ante los procesos de cambio y de transformación. A raíz de la pandemia del COVID-19 parece que el acrónimo VUCA pasó a estar algo obsoleto y se avanza hacia otro más radical y expresivo propuesto por Jamais Cascio. Es el entorno BANI ((Frágil, Ansioso, No Lineal e Incomprensible). Todo es complejo, sucede con demasiada rapidez, no acertamos a ver las causas de los problemas y es imposible predecir las consecuencias.
Este modelo convive con otra corriente de pensamiento que merece consideración. Es el llamado transhumanismo, que no trata sobre el fin del ser humano, sino el fin del universo centrado en lo humano, es decir, sobre el fin del humanismo y de la creencia de nuestra superioridad y singularidad. Le pertenece a este modelo el desarrollo de la nanotecnología, la ingeniería genética, la neurociencia y la inteligencia artificial. Se perfila, desde aquí, una nueva especie humana o un cambio significativo para la mejora de la naturaleza humana.
No se pueden abordar las crisis políticas, sociales, económicas y de valores ignorando estos contextos de incertidumbre en los que, de manera inevitable, habitamos y desde los que interpretamos el mundo.
Parece ser también una evidencia que, a pesar de los cambios de tiempos y épocas, las crisis todas siguen ciertos patrones comunes. En la vida política las luchas internas por el reparto de poder, la corrupción, la falta de liderazgo hacen que la confianza del ciudadano se desplome y, sin confianza, la estabilidad política se tambalea.
Las crisis económicas y sociales aparecen ligadas indiscutiblemente al desvarío político, de alguna manera interactúan, salvo eventos inesperados que puedan surgir como pandemias o desastres naturales que dejan una marcada influencia. Aumenta el desempleo, la inflación, la pobreza y las desigualdades, la falta de acceso a servicios básicos y la violencia.
La crisis de valores puede estar vinculada a la pérdida de confianza en las instituciones, pero también al relativismo moral o a la saturación de los valores materialistas. El error del relativismo consiste en presentar las culturas como elementos cerrados de experiencia que no remiten a nada más que a sí mismos. No existe ninguna verdad que guíe, se debilita la distinción entre lo que está bien y lo que está mal. Todo se vuelve “opinión”, sin consensos mínimos sobre ética y convivencia, con lo cual las ideas y las convicciones pueden ser fácilmente instrumentalizadas para fines de poder.
Autores como Z. Bauman, con su concepto de modernidad líquida ha criticado estos procesos de estancamiento en la fragilidad de todo tipo de vínculo como esencia misma de la libertad individual.
Otro autor, Byung-Chul Han, nos invita a pensar en la necesidad de recuperar espacios más equilibrados que nos haga despertar nuestra capacidad contemplativa para compensar nuestra hiperactividad destructora, de desintoxicarnos de un mundo lleno de estímulos y de sobrecarga informativa.
Pero estar conectados no significa que estemos comunicados. No podemos caer en la catástrofe de construir una sociedad desvinculada.
Como propuestas generales, abordar los retos de un mundo incierto, por tanto, abierto a sucesivas crisis, exige volver a repensar la educación en valores en donde, además de aprender conocimientos, aprendamos a ser. Fomentar el diálogo intergeneracional e intercultural y fortalecer las instituciones para que actúen con ética y responsabilidad. Cierto que vivimos en dos mundos: el real offline y el virtual online y con ello un reordenamiento de las relaciones sociales. Pero estar conectados no significa que estemos comunicados. No podemos caer en la catástrofe de construir una sociedad desvinculada.
Autor:
Dr. Fructuoso de Castro
Doctor en Antropología social y cultural. Profesor Asociado Universidad Autónoma de Madrid (UAM)
