El edadismo, o discriminación por edad, sigue presente en nuestra sociedad y afecta directamente a las personas mayores. Se traduce en estereotipos negativos, actitudes paternalistas y en la invisibilización de sus necesidades reales, como la soledad, la dependencia o la falta de cuidados dignos. Este fenómeno no solo vulnera derechos, sino que también impide construir una sociedad inclusiva y respetuosa con la diversidad de la vejez. En este artículo, Javier Yanguas reflexiona sobre sus consecuencias y la urgencia de una “revolución de la longevidad” que ponga a las personas mayores en el centro de las decisiones.
Seguro que conocen los “síntomas”: discriminación por edad, estereotipos negativos relacionados con la edad, actitudes prejuiciosas o la consideración de la vejez como un colectivo homogéneo obviando su diversidad.. En los casos más graves rechazo a los mayores, trato inadecuado e infantilización.
El edadismo tiene un extraño comportamiento: por un lado, exacerba y, por otro, inhibe. Exacerba las miradas teñidas de paternalismo e infantilización: “Por el bien de los mayores, pero sin contar con ellos”. E inhibe la posibilidad de ver –invisibiliza- la vulnerabilidad y la dependencia, dejando de lado a personas que necesitan cuidados y a sus cuidadores, a los que sienten soledad, a las personas que sufren problemas de salud mental, a los que fallecen sin los apoyos necesarios o sin una mínima atención que les permita morir con dignidad.
Hace cinco años, 150 intelectuales franceses publicaban un manifiesto en Le Monde por una revolución de la longevidad cuyo lema era: “Vous ne ferez plus contre nous. Mieux: Vous ne ferez plus sans nous”, proclamaban (“No haréis nada más contra nosotros. Mejor: no haréis nada más sin nosotros”). ¡ Eso mismo!
Autor:
Javier Yanguas
Dr. en Psicología. Director Científico del Programa de Mayores.
Fundación La Caixa
