Morir en paz también depende de las circunstancias que nos rodean

Cuando hablamos del final de la vida, solemos centrarnos en la enfermedad, los tratamientos o el control de los síntomas. Sin embargo, como explica Silvia Celemín, también existen factores sociales que pasan más desapercibidos y que condicionan de forma decisiva la manera en que cada persona afronta esta etapa.

Silvia Celemín

Cuando pensamos en el final de la vida solemos centrar la atención en la enfermedad, los tratamientos o el control de los síntomas. Sin embargo, hay una realidad menos visible, como las circunstancias sociales que rodean a cada persona, las cuales influyen de forma decisiva en cómo afronta esta etapa. La situación económica, la vivienda, la red de apoyo familiar o el acceso a recursos pueden determinar en gran medida si alguien vive el proceso con calma o con una carga añadida de preocupación e incertidumbre.


Silvia Celemín, Trabajadora Social Sanitaria y responsable del Servicio de Atención Religiosa y Espiritual (SAER) del Hospital Universitario San Rafael San Juan de Dios de Madrid, recuerda que los determinantes sociales de la salud son las condiciones en las que nacemos, crecemos, trabajamos y vivimos. Aunque habitualmente se asocian a la prevención de enfermedades o a la calidad de vida, también tienen un impacto directo en los momentos finales de la existencia.


Tal como explica Silvia, factores como los ingresos económicos, las condiciones de la vivienda, el nivel educativo, la situación laboral o la posibilidad de acceder a recursos de apoyo condicionan la manera en la que una persona y su entorno afrontan una enfermedad avanzada. No todas las personas parten de la misma situación cuando reciben un diagnóstico grave o cuando necesitan cuidados intensivos. La disponibilidad de ayuda, la estabilidad económica o la presencia de una red familiar sólida pueden convertirse en elementos tan importantes como los recursos sanitarios.


Por ello, hablar de “morir en paz” implica más que los aspectos clínicos. La tranquilidad emocional no depende únicamente de la ausencia de dolor, sino que en muchas ocasiones está estrechamente relacionada con la sensación de tener los asuntos importantes resueltos. Según señala Celemín, numerosos pacientes expresan inquietud, malestar o dificultades para descansar que no siempre tienen un origen físico. Con frecuencia, detrás de estas situaciones aparecen preocupaciones vinculadas al futuro de sus seres queridos, problemas económicos, conflictos familiares o incertidumbres relacionadas con la vivienda y los cuidados.


Las dificultades se acentúan cuando el entorno familiar también se encuentra en situación de vulnerabilidad. Familias que afrontan problemas económicos, cuidadores agotados, personas dependientes a cargo o redes de apoyo muy limitadas generan una presión añadida que repercute tanto en el bienestar de quienes cuidan como en el de quien está enfermo. En estos casos, la enfermedad deja de ser una experiencia exclusivamente sanitaria para convertirse en una realidad compleja.


Precisamente por ello, el papel del Trabajo Social resulta fundamental en los equipos que acompañan a personas con enfermedades avanzadas. Mientras otros profesionales atienden aspectos clínicos o psicológicos, el Trabajo Social aporta una mirada global que permite comprender el contexto en el que vive cada paciente. A través de la valoración social y la entrevista personal es posible identificar necesidades que, en muchas ocasiones, no aparecen en una consulta médica convencional. Detectar situaciones de riesgo, activar recursos, orientar a las familias y facilitar el acceso a apoyos especializados forma parte de una labor que busca garantizar una atención verdaderamente integral.


Todavía existen importantes desafíos, entre ellos, garantizar que el acceso a los cuidados paliativos y a los recursos sociales no dependa del lugar de residencia o de la situación económica de cada familia. Silvia defiende la necesidad de avanzar hacia modelos más equitativos, con procedimientos ágiles que permitan acceder a prestaciones y apoyos cuando realmente se necesitan. También subraya la importancia de reforzar la coordinación entre los sistemas sanitario y social para dar respuestas rápidas y eficaces a situaciones de vulnerabilidad.


Al final, una sociedad que aspira a cuidar bien también debe preguntarse cómo acompaña a las personas en sus últimos momentos. Asegurar que nadie afronte esta etapa en soledad o sin los recursos necesarios es un compromiso colectivo que trasciende el ámbito sanitario. Porque morir con dignidad no debería depender del código postal, de los ingresos económicos o de la fortaleza de la red de apoyo de cada persona, sino de la capacidad de la sociedad para garantizar cuidados, acompañamiento y equidad hasta el final de la vida.


Silvia Celemín
Responsable del Servicio de Atención Religiosa y Espiritual (SAER) del Hospital Universitario San Rafael San Juan de Dios de Madrid